Manuel sintió cómo su sangre hervía de deseo, su virilidad latía con fuerza en su interior, reclamando por hacerla suya.
Era una sensación abrumadora, casi primitiva, que lo hacía sentir vivo y ansioso al mismo tiempo.
—Mayte… estás mal —dijo, su voz temblorosa, incapaz de ocultar la preocupación que lo invadía.
Ella tomó su mano con firmeza, como si esa simple acción pudiera anclarla a la realidad y alejarla del caos que la rodeaba.
—Hazme tuya —susurró, sus ojos brillando con un fervor que des