—¡Hace un año me obligó a casarme gracias a la abuela! ¿Y ahora quiere el maldito divorcio? —rugió Hernando, golpeando con el puño el escritorio. Los papeles temblaron bajo su mano. Su respiración era profunda, su mirada oscura, como un animal acorralado entre el orgullo y la humillación—. ¿Acaso está loca? ¡Esto no se va a quedar así!
El asistente, el señor Rizard, tragó saliva.
Conocía perfectamente los estallidos del señor Montalbán; había aprendido a no contradecirlo… pero aquella vez se atr