Martín cayó al suelo como si se le hubiera arrancado el aire.
El impacto resonó en el suelo; el silencio que siguió fue tan brutal como un golpe.
Manuel no dudó ni un segundo: corrió hacia él con el corazón encogido, los pasos atropellados por el pánico.
—¡Martín! —gritó, con la voz que se le quebraba entre el pecho.
Mayte soltó un sollozo que le partió el alma.
Los niños, ajenos en parte al significado real de la violencia, gritaron asustados y se pegaron a su madre como si su abrazo pudiera co