Cuando las puertas del hospital se abrieron, Ilse entró corriendo como un huracán, con el alma en carne viva.
No sentía los pies, no veía el pasillo ni a la gente que se apartaba a su paso; solo escuchaba su propio corazón golpeando como un tambor de guerra.
El eco de los pasos retumbaba en las paredes blancas, frías, indiferentes, y cada segundo parecía una eternidad que la separaba de su hijo.
Encontró a Manuel y a Mayte en la sala de espera. Mayte estaba sentada con los niños a su lado; los p