Braulio bajó del auto sin pensarlo dos veces, como si una fuerza primitiva lo arrastrara sin darle opción a la cordura. Sentía el corazón bombeando con violencia, un rugido interno latiéndole en la sien, alimentando cada uno de sus movimientos.
El mundo se redujo a una sola imagen: Ricardo, tomando la mano de Aurora, acercándose a ella, invadiendo un territorio que para Braulio no solo era sagrado, sino vital.
En ese instante, él ya no podía razonar. No podía detenerse. Ni siquiera quería hacerl