Aurora respiró hondo mientras el viento húmedo del muelle le golpeaba la cara.
El olor a sal la envolvía, y las maderas crujían bajo sus pies cada vez que daba un paso hacia adelante.
Había llegado temprano, demasiado temprano, quizá, pero no podía darse el lujo de que Samantha se adelantara a sus amenazas. El mensaje aún ardía en su mente, como una sentencia:
“Si no vienes, lo diré todo, a tu abuela y a la abuela de Braulio, ellas van a sufrir mucho. Y te juro que voy a destruir a tu familia.”