La abuela escuchó todo lo ocurrido con Maryam. Apenas asimiló las palabras, su voz tembló de emoción y sus ojos se llenaron de lágrimas.
Caminó hacia Manuel y Mayte con el corazón apretado, y los abrazó con fuerza, como si quisiera protegerlos de todo el mal del mundo.
—Estoy tan orgullosa de ustedes —susurró con ternura—. Son buenos, son nobles. En esta familia aún queda esperanza.
El silencio reinó unos segundos, roto solo por el tic-tac del viejo reloj de pared. Pero esa paz duró poco.
La pue