Cuando Maryam abrió los ojos, la claridad del amanecer entraba a través de las cortinas entreabiertas, bañando la habitación con un resplandor tibio.
Parpadeó un par de veces, confusa.
Sintió el roce de una piel cálida a su lado y, al girar la cabeza, su corazón se detuvo.
Allí estaba él.
Hernando Montalbán. Su exesposo. El hombre al que había jurado no volver a ver, ni en sus sueños.
El pánico la invadió como una marea helada. Su respiración se agitó y, por un instante, deseó que todo fuera un