Martín se quedó ahí, de pie, observando cómo el auto se alejaba.
Su corazón latía con fuerza, y una ola de rabia lo invadía. No podía soportar la idea de perder a Mayte, de que su hermano se la llevara.
Sintió que la ira lo consumía, y, en un arrebato de desesperación, sacó su teléfono y llamó a su madre.
—¡Tienes que ayudarme, madre! Te diré lo que harás —exigió, su voz temblando entre la furia y la súplica.
—Martín, para con este odio contra tu hermano, por favor —respondió su madre, con un to