Maryam lo miró con la serenidad de quien sabe exactamente lo que hace, con los brazos cruzados y una sonrisa apenas perceptible que parecía jugar con el límite de la paciencia de Hernando.
—¿Qué pasa, Hernando? —preguntó, ladeando la cabeza con esa mezcla de descaro y elegancia que siempre conseguía desarmarlo, aunque él no lo admitiera—. No me digas que… ¿Te has vuelto a enamorar de mí otra vez?
Hernando la fulminó con la mirada, y por un instante el silencio se volvió tan denso que parecía ocu