—¡Señor Montalbán! —la voz del secretario tembló—. Ella… está embarazada. Nunca quiso divorciarse.
Hernando se quedó inmóvil. Su respiración se volvió un suspiro áspero, casi un gruñido contenido. Sus ojos, antes fríos, brillaron con una mezcla de rabia e incredulidad.
—¿Qué dijiste? —su tono fue bajo, pero cargado de furia.
—Que… que la señora Maryam está esperando un hijo.
El hombre apretó los puños con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Su mandíbula se tensó.
Durante un seg