Todos lo miraron sorprendidos. El silencio cayó como una losa en medio del salón, pesado, incómodo, imposible de ignorar. Fue Manuel quien rompió la tensión con voz grave.
—¿Lo sabes todo?
Martín lo miró con serenidad, aunque en el fondo le hervía la sangre. Su mirada era la de un hombre que había vivido el engaño, que había sufrido lo suficiente para no temerle ya a la verdad.
—Siempre lo supe —respondió con firmeza—. Mi esposa es Victoria. Solo ella.
El aire se enrareció.
Thea, que hasta enton