A la mañana siguiente, el aire olía a tierra húmeda y a flores recién abiertas.
El bosque estaba vivo, lleno de murmullos y risas infantiles que se mezclaban con el sonido del agua del lago.
Los niños corrían entre los árboles, felices, ajenos a los secretos y heridas de los adultos.
Manuel y Mayte los observaban con ternura desde lejos, tratando de aferrarse a aquella calma que tanto habían necesitado.
Todo parecía en paz… hasta que escucharon el sonido de un motor acercándose.
Un auto oscuro s