Manuel tenía los ojos desorbitados, enormes, cargados de una furia que parecía capaz de quemar todo a su alrededor.
La tensión que emanaba de su cuerpo era palpable; cada músculo de su rostro estaba tenso, como si contuviera un volcán que a punto estaba de estallar.
Mayte, apenas logrando reaccionar, no dudó un instante y abofeteó a Martín con rapidez, cubriéndose a la vez, como si de ese escudo improvisado dependiera su integridad.
La fuerza del golpe resonó en la pequeña sala, un sonido seco q