Juliette
El panel de salidas parpadeó una vez antes de teñirse de un rojo agresivo y absoluto. En cuestión de segundos, la lista completa de vuelos de la terminal privada cambió su estado. Cancelados.
—Esto tiene que ser una broma —masculló Nolan a mi lado.
Dejó caer su bolsa de viaje de cuero italiano sobre el suelo pulido con un golpe seco que resonó en el silencio repentino del vestíbulo.
—¿Un fallo técnico general en el sistema de control aéreo? Qué conveniente.
Me quedé paralizada mirando la pantalla.
El frío de la llovizna que azotaba los ventanales de suelo a techo pareció atravesar el cristal y calarme los huesos.
No era un fallo técnico.
Sabía exactamente qué era.
O mejor dicho, quién era.
—Seth —susurré, y el nombre salió de mis labios como una maldición.
Nolan se giró hacia mí, una vena palpitando violentamente en su sien.
—Ese maldito lunático. Ha cerrado el espacio aéreo. ¿Tiene idea de las leyes internacionales que está violando? Esto no es su jodido tablero de ajed