Juliette
—Eres jodidamente mía.
La sentencia de Seth quedó vibrando en el aire, pesada y absoluta, borrando el resto del mundo.
No pude responder. Mi corazón latía tan fuerte que dolía, una mezcla tóxica de miedo, adrenalina y una excitación oscura que no debería sentir después de ver cómo dañaba a mi marido.
Seth no me dió tiempo a procesarlo.
Sin soltar mi brazo, pero con un cuidado que contrastaba violentamente con la brutalidad que acababa de exhibir, tiró de mí.
—Ven —ordenó.
No me llevó a la salida. Me llevó, una vez más, hacia esa puerta camuflada en los paneles de madera. El baño privado. Nuestro confesionario y nuestro campo de batalla.
Entramos y él cerró la puerta con el pestillo. El espacio reducido se llenó instantáneamente con su presencia abrumadora.
Seth me soltó y se giró hacia el lavado, mojó una toalla con agua helada y envolvió mi muñeca.
Yo me quedé allí, pegada a la puerta, abrazándome a mí misma, sintiendo cómo el dolor en mi brazo empezaba a despertar ahora que