Se me hace un nudo en la garganta y me enderezo la falda. Miro fijamente la puerta y luego el timbre. ¿Por qué estoy tan nerviosa? Es la casa de mis padres.
—Allá voy—, murmuro en voz baja mientras agito la mano izquierda y luego pulso el timbre.
Papá abre la puerta. Su mirada de decepción lo dice todo. No me abraza, no me dice lo guapa que estoy como solía hacer. Lo único que hace es abrir más la puerta y ponerse al lado para dejarme pasar.
—Hola, papá—, le digo.
Él asiente. —Me alegro de