Era tarde en la noche. Afuera, la ciudad apenas murmuraba, y el resplandor de los faroles entraba débil por las persianas del departamento de Nathan. El reloj marcaba casi las once y media, y en la mesa del salón solo quedaban las tazas vacías de café y un par de hojas llenas de bocetos. Logan estaba inclinado sobre la pantalla del portátil de Nathan sacando su mejor faceta como todo un dibujante profesional, con la mirada concentrada y el ceño ligeramente fruncido.
Nathan lo observaba desde e