Esa noche – Mansión Smith.
La casa estaba silenciosa, solo el suave murmullo del viento colándose por los ventanales rompía la calma. El comedor había sido preparado con un esmero que Nara pocas veces mostraba: una mesa impecablemente servida, velas blancas encendidas y un aroma a vino y romero flotando en el aire.
Nara se había vestido con un conjunto de satén color champaña que resaltaba su elegancia natural. Quería que Nathan la viera, no como la hija de su socio, sino como una mujer dispues