Un hombre me llevaba a rastras hacia una camioneta, pateaba con todas mis fuerzas pero no lograba soltarme. Con fuerza, mordía su mano provocando que liberase mi boca por unos segundos los suficiente que use para gritar con fuerza.
—¡Derek, ayúdame!
Al emitir mi grito, pareció que desaté a una criatura que se volvió velozmente para observar cómo me llevaban arrastrada. Con una elegancia que infundía temor, sus ojos azules se volvieron gélidos al cambiar el cargador de su arma y empezar a dispara