—No me necesitas —Repitió las palabras con un tono amargo que no se me pasó inadvertido—. ¿Dices eso después de haberte salvado en mi propio casino? ¿Después de haberte salvado la vida en esa lavandería? ¿Después de qué me suplicaras para convertirte en mi amante?
Cada palabra era como una aguja clavándose en mi pecho.
Porque tenía razón.
Jamás dudé de lo importante que era tenerlo en mi vida y no me refería solo a la grabación. Esto iba más allá, porque no podía negar que su presencia era m