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Oliver caminó alejándose de su adictiva alumna, pero tuvo que voltear para mirarla cuando sintió sus ojos bonitos en su espalda.

Encontró a Abigaíl nadando en un mar de emociones. Mas que nadando, parecía que se ahogaba.

Oliver sintió culpabilidad. No quería lastimarla, mucho menos hacerla sentir algo incorrecto, así que regresó para abrazarla y contenerla.

—¿Estás bien? —le preguntó liado.

No le gustó verla así.

Abigaíl asintió.

—Sí, yo solo... —Carraspeó para recomponerse—. Gracias por darme una oportunidad. —Le sonrió gustosa, con los ojos brillantes.

Era bueno que alguien creyese en ella.

Oliver le sonrió y le acarició la barbilla con suavidad.

—Gracias a ti —le respondió él.

—¿Gracias, por qué? —se rio ella, intentando entender lo que su profesor le estaba diciendo.

No pudo negar que la forma en que él la miraba era la más adictiva y tentadora de todas.

—Gracias por cruzarte en mi camino —le respondió él totalmente correspondido a hallarla. La cogió por las mejillas y con un tono
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