Abigaíl acompañó a Oliver a pagar por el café que habían compartido.
Él pagó temblando porque no lograba distinguir de la realidad y sus sueños, porque, no iba a negarlo, aunque se negara a aceptarlo en voz alta, se había imaginado muchas veces ese momento tenso con su estudiante.
Por un instante se convenció de que era otro de sus sueños, pero se terminó riendo emocionado cuando sintió el tacto tibio y delicado de su estudiante.
Eso no era un sueño. Era real.
Terriblemente real.
Abigaíl si