Capítulo 70.
El plan había sido sencillísimo… y, al mismo tiempo, una idiotez monumental que podía habernos costado la vida a todos. Pero funcionó.
Ahora Gadiel respiraba. Y con eso bastaba.
El olor a podrido, humedad y metal oxidado seguía clavándose en mis fosas nasales mientras observaba al gran oso incorporarse. Una parte de mí todavía no lo creía. Había apostado todo por este momento: que no estuviera muerto cuando lo encontráramos, que yo tuviera las flores suficientes y que él confiara en mí lo sufic