DALTON
No era mi novia, ni mi prometida de verdad, pero tenía esa pu**ta necesidad de acercarme y marcarla como el cruel perro rabioso que soy. Nadie, absolutamente nadie podía acercarse a ella más que yo. Era el único autorizado para probar sus besos y disfrutar de su compañía.
Me acerqué al escritorio de Lía sintiendo cómo cada paso que daba era una declaración de guerra, de esas en las que uno entra sin miedo a perder la cabeza. Elías seguía ahí, pegado a ella como un chicle en zapato nuevo,