DALTON
“Divorciarnos.”
La maldita palabra seguía rebotando en mi cabeza como si alguien la hubiera puesto en repetición con altavoz en un estadio vacío. Sentí cómo la sangre se me bajaba de golpe y tuve que apoyarme en el respaldo de la cama para no caerme de espaldas.
— Dios mío. . . —Murmuré, llevándome una mano al pecho como si de pronto tuviera setenta años y necesitara nitroglicerina—. Lía, dime la verdad, ¿he sido un esposo fatal? ¿Tan malo he estado, que la única salida es hacer que nuest