DALTON
No sé qué esperaba encontrar cuando abrí la puerta del penthouse, pero definitivamente no era esto. Mi santuario, mi guarida de silencio y control, ahora parecía el maldito mercado de domingo.
Había tías por todos lados. Literalmente. Una en mi sillón favorito, otra con los pies sobre mi mesa de centro, otra más asomándose por la ventana como si estuviera esperando a la Virgen de Guadalupe en procesión. Y mi madre, claro, con su libreta en mano, dando órdenes como si aquello fuera una o