DALTON
El timbre sonó como un trueno en medio de nuestra tregua. Habíamos pasado la noche en una burbuja hecha de piel y jadeos, y por primera vez en días me había permitido olvidar que teníamos al mismísimo John Douglas respirándonos en la nuca. Pero la realidad siempre regresa, puntual como una maldición.
Me puse la camiseta a medio cuerpo y caminé hacia la puerta, con el ceño fruncido. Vi por la pantalla del interphone que había un hombre de cabello rubio en la recepción del lobby, esperando