LÍA
El aire frío de la montaña me acarició la piel apenas salimos de la cafetería del complejo, como una mano helada que me recordó que ahí fuera todo seguía siendo peligroso, aunque por un instante quisiéramos creer lo contrario. El olor a leña quemada flotaba en el ambiente, mezclándose con el aroma dulce de chocolate caliente que escapaba por las ventanas de otras cabañas. El silencio del bosque, roto solo por el crujido de la grava bajo nuestros pasos, parecía demasiado perfecto, como si alg