LÍA
De todas las desgracias que había vivido en mi vida, jamás imaginé que el mejor hombre del mundo me fuera a pedir matrimonio después de haber huido de un matrimonio forzado con un criminal.
Por un instante, todo el universo se detuvo. Lo juro. No escuchaba nada, ni siquiera el sonido lejano de los autos, ni el agua de la fuente, ni mi propia respiración. Solo existía Dalton, ahí, hincado ante mí, con la ciudad ardiendo de fondo, la lámpara del alumbrado público bañándonos en una luz dorada y