—¡Que no, joder! ¡No quiero nada! Solo métase en sus asuntos —dijo Daniel, exasperado.
Golpeó las palmas sobre la mesa, molesto por todas las preguntas de su anciana empleada. Solo quería comer, y ella le estaba haciendo una lista interminable de comentarios estúpidos, mientras su estómago rugía cada cinco segundos.
Definitivamente, no comer lo estaba volviendo insoportable. Ella ya debería saber cómo se comportaba, pero no se limitaba a hacer su trabajo; lo cuidaba en exceso, un cuidado que él