Santiago movió la cabeza torciendo los labios en una sonrisita de medio lado, dándole a entender que se había percatado de la manera en que lo observaba y ella miró el suelo avergonzada y sonrojada.
―Veo que te han gustado las iniciales ―dijo pasando por el lector la cajita, para después
acomodarla en la bolsa, en un nuevo intento de conversación.
―Sí ―contestó con dulzura. Un segundo después, se reprendió al percatarse de lo que había respondido y de que le estaba sonriendo como una tonta.