-No te confundas, Christina, yo anhelo tu tacto, pero eso no implica que merezcas que te deje tocarme -dijo rotundo y autoritario-. Ahora ven a comer que nos están esperando.
Christina sintió como su corazón dejó de latir, muriéndose de la pena y no le quedó más remedio que obligarse a caminar, cuando Santiago giró a mirarla con semblante displicente. Lo siguió porque su cerebro no consiguió procesar hacer otra cosa, se mordió de nuevo el labio, solo para obligarse a no llorar, a no soltar ni u