El sábado por la mañana, Christina caminó en círculos por toda la sala intentando armar un discurso coherente para hablar con Santiago. Quería explicarle que lo amaba, aunque una parte de sí le guardaba rencor, odiándolo y que no quería vivir sin él ni un minuto más. Giró los ojos hacia arriba, al darse cuenta de lo mal que eso sonaba. Se tocó el cuernito de unicornio que le pendía del cuello, un nuevo tic que había desarrollado cuando estaba ansiosa.
El teléfono sonó y corrió a tomarlo como si