Isabel García
El sonido de mis propios tacones contra el mármol del pasillo me pareció ensordecedor mientras regresaba a mi despacho. Cerré la pesada puerta de madera detrás de mí y apoyé la espalda contra ella, soltando un suspiro largo que tenía retenido en el pecho. Estaba temblando. No de miedo, sino por una sobredosis de adrenalina pura. La humillación pública a Elena había sido gloriosa, pero la maldita cercanía de Nicolás en la sala de juntas, su aliento rozando mi oreja y la forma en que