Isabel García
El peso de la victoria en los tribunales todavía me vibraba en la punta de los dedos cuando las puertas dobles de la sala se cerraron detrás de nosotros. La llovizna de la ciudad nos recibió con un aire denso, pero no tanto como el silencio que compartía con el hombre que aún me sostenía la mano con fuerza. Nicolás no me había soltado ni un segundo.
Antes de que pudiéramos avanzar hacia las escaleras donde la prensa ya empezaba a agolparse, una silueta conocida nos cortó el paso.