Nicolás Ortiz
El golpe seco del mazo del juez Martínez contra la madera noble del estrado cortó el hilo invisible que me unía a la mirada de Isabel. Fue un sonido definitivo, un eco sordo que devolvió a la realidad las cuatro paredes de la sala de audiencias y obligó a la abogada García a parpadear, rompiendo el trance.
—Este juzgado ha escuchado a ambas partes —declaró Martínez, acomodándose los anteojos de montura negra mientras fijaba su vista en el fiscal, cuyo rostro ya empezaba a teñirse