Isabel García
El olor a café recién colado intentaba, sin mucho éxito, camuflar el rastro denso y magnético de la locura que acabábamos de desatar sobre el granito de la cocina.
Me acomodé las solapas de la bata de seda, sintiendo el roce sutil de la tela contra mi piel todavía sensible. Nicolás estaba de espaldas a mí, apoyado contra la encimera mientras servía dos tazas. Verlo ahí, con la camisa a medio abotonar y la espalda marcada por mis propias uñas, me provocó un vuelco extraño en el estó