El eco de las piras funerarias todavía vibraba en las paredes de Valdoria cuando me retiré a las profundidades de la Cámara de los Antepasados. El fuego azul, alimentado por el Corazón de los Cazadores que ahora latía en sintonía con mi propia sangre, había dejado un rastro de ozono y terror en el aire. No buscaba descanso; buscaba respuestas en la oscuridad de la piedra tallada.
Fue allí donde Elowen, la Madre de la Manada, me encontró. Su presencia ya no era la de la protectora inamovible; su