El aire en las cavernas exteriores de Valdoria era una mortaja de humedad y desesperación. No había cánticos de victoria, solo el goteo rítmico de las estalactitas que se mezclaba con el sollozo ahogado de una manada que, por primera vez en mil años, sentía el sabor de la derrota en sus propias fauces.
Frente a la entrada de la Ciudadela, se habían erigido las piras. Eran estructuras toscas de madera de pino y resina, dispuestas en una fila que parecía no tener fin. En la central, envuelta en u