El silencio que siguió al apagado de los motores fue más denso que el del espacio profundo. Era un silencio cargado de vida: el zumbido de insectos invisibles, el susurro del viento entre hojas que nunca habían sentido la contaminación de la Tierra y el latido mismo de un planeta virgen.
En la rampa principal de la Ciudadela, Julian y Amelia esperaban. No había cámaras, ni discursos diplomáticos, ni el miedo de la Fundación. Detrás de ellos, los clanes de vampiros y los civiles humanos se ago