El despertar no fue una explosión de luz, sino una lenta y dolorosa inmersión en un baño de estática. Amelia Vance abrió los ojos y lo primero que sintió fue el frío. No era el frío invernal de Nueva York, sino un frío estéril, químico, que parecía nacer desde el interior de sus huesos.
Intentó mover los brazos, pero se encontró con que sus muñecas estaban sujetas por brazaletes de un metal opaco que emitía un zumbido constante. Al instante, una descarga de alta frecuencia recorrió su sistema n