El Nadir no era un lugar para los vivos, ni siquiera para aquellos que habían dejado de serlo hacía siglos. El aire era denso, como si se estuviera caminando a través de agua estancada, y cada respiración de los parias exhalaba un vaho plateado que se disolvía en la oscuridad absoluta. Frente a ellos, el Castillo de los Suspiros se erigía como una aberración de la arquitectura: torres que se retorcían como dedos hacia un cielo sin estrellas y murallas que parecían respirar, hechas de una pie