El callejón se estrechó bajo la presión de las sombras. Valerius no había venido sola; los dos esbirros que la flanqueaban eran antiguos, con rostros tallados por décadas de crueldad y ojos que brillaban con una sed insaciable. Julian se puso en guardia, sus colmillos completamente expuestos, pero Amelia notó el temblor casi imperceptible en sus manos. El incendio de la mansión y la destrucción de su santuario le habían pasado factura. Estaba agotado.
—No permitas que te toquen, Amelia —siseó