La noche sobre la ciudad no era la misma de siempre. Para los humanos, era un martes cualquiera, húmedo y cargado de smog. Para los inmortales, el aire sabía a ozono y a hierro. Amelia observaba desde la cornisa de un edificio industrial, su abrigo largo ondeando como una bandera de guerra negra. A su lado, Julian revisaba una daga de plata, sus movimientos fluidos y letales. Debajo de ellos, en las sombras de los callejones, cientos de ojos rojos brillaban con una intensidad febril. Los dester