El arma seguía apuntándome a la cara.
El enmascarado no hablaba. Solo me miraba a través de esos agujeros negros en el pasamontañas. Sus ojos eran dos pozos sin fondo.
Mika colgaba inerte en sus brazos.
Necesitaba ganar tiempo.
—¿Y cómo piensas salir de aquí? —le pregunté, tratando de sonar firme—. La mansión está rodeada. No vas a cruzar ni el jardín.
No respondió. Solo dió un paso más cerca. El cañón del arma estaba a menos de un metro de mi rostro.
Si hacía un movimiento brusco, dispararía.