Alexander no dijo nada más.
Ordenó a sus hombres que se llevaran el cuerpo y salió de mi departamento como si lo único que hubiera venido a hacer fuera limpiar un desastre. Ni una mirada atrás.
La puerta se cerró. Y el silencio me cayó encima.
Me quedé de pie en medio de la sala, con los brazos cruzados, respirando lento para no romper algo. Estaba furiosa. Frustrada. Y sí… dolida.
¡Demonios!
Yo no quería alejarme de él. No quería que lo nuestro terminara convertido en esta guerra absurda de o