Necesitaba verlo.
A mí hijo.
Aunque fuera de lejos. Aunque fuera un segundo. Necesitaba saber dónde vivía, cómo era el lugar, si estaba bien. Si ese maldito chantajista estaba cerca de él.
Pero primero necesitaba la dirección de los Yarin.
Llamé a Alexander. Una vez. Dos. Tres. Nada. Por supuesto. Él no iba a contestarme después de lo de ayer.
Así que hice lo único que podía hacer: fui a la mansión.
Esta vez nadie me detuvo. Los guardias me vieron entrar y no dijeron nada. Quizás tenían