El día del entierro amaneció gris.
Como si el cielo también supiera que algo se había roto. Como si las nubes se hubieran vestido de luto para despedir a mi padre.
Solo fuimos unos pocos. Ezra. Yo. Sus guardias más cercanos, protegiendo el perímetro. Nadie más.
Mi padre no merecía morir así. Solo. En el suelo. Con sangre en el pecho. Con una bala que no iba dirigida a él.
Pero al menos su entierro fue en paz. Sin balas. Sin gritos. Sin caos.
Me arrodillé frente a su tumba. La tierra fresca. La