El silencio en la suite nupcial no era el refugio que yo había imaginado días atrás; era una celda de seda y oro, un espacio donde el aire pesaba tanto como el secreto que me estaba devorando el alma. Mikhail cerró la puerta tras nosotros con un clic metálico que resonó en mis oídos como el disparo de salida para el acto final de mi vida anterior. No hubo palabras inmediatas, solo el sonido de nuestras respiraciones y el aroma a incienso de la catedral que todavía se aferraba a mi piel y a las